Los obispos de la iglesia católica (como los de las iglesias anglicana y ortodoxa) se enorgullecen en llamarse «sucesores de los apóstoles» Se dice que la constitución presbiteriana-episcopal de la iglesia fue «instituida por Jesucristo», incluso que se trata de una «institución divina» y, por tanto, portadora de una «ley divina» inmutable (iuris diviní). Sin embargo, no es tan simple como eso. Una investigación cuidadosa de las fuentes del Nuevo Testamento en los últimos cien años ha mostrado que la constitución de esta iglesia, centrada en el obispo, no responde en modo alguno a la voluntad de Dios ni fue ordenada por Cristo, sino que es el resultado de un desarrollo histórico largo y problemático. Es obra humana y, por lo tanto, en principio, puede cambiarse.

Cualquier lector de la Biblia puede ver desde los primeros documentos del Nuevo Testamento, esas cartas del apóstol Pablo cuya autenticidad resulta indiscutible, que no hay en ellas ni una sola palabra referente a la institución legal de la iglesia (ni siquiera basándose en la «autoridad apostólica» de Pablo). En contraste con el relato de Lucas, después en Hechos de los Apóstoles e incluso más tarde en las epístolas pastorales «tempranamente católicas» (dirigidas a Timoteo y Tito), en las comunidades paulinas no existía un episcopado monárquico ni un presbiterio ni la ordenación por imposición de manos.
Y aun así Pablo estaba convencido de que sus iglesias cristianas gentiles eran, a su modo, iglesias completas y bien equipadas, que no carecían de nada esencial; las iglesias «congregacionalistas», no episcopales, de un período más tardío apelarían a ese precepto. Las iglesias paulinas eran de hecho grandes comunidades con ministerios libres y carismáticos. Según Pablo, todos los cristianos sentían su llamada de modo muy personal, su propio don del Espíritu, su «carisma» especial para el servicio a la comunidad. Así pues, en sus iglesias había toda una serie de ministerios y funciones diversas e incluso cotidianas: para la predicación, la prestación de ayuda y el liderazgo de la comunidad.
Cuando Pablo enumera a los involucrados en las funciones y los ministerios de la iglesia, desde luego los apóstoles tienen un papel fundamental; como primeros testigos y mensajeros, proclamaron el mensaje de Cristo y fundaron iglesias; en segundo lugar aparecían los profetas, y en tercer lugar los doctores. En las últimas posiciones de su relación aparece la «prestación de auxilio» y solo en penúltimo lugar los «dones del liderazgo», que pueden organizarse de maneras muy diversas en diferentes comunidades: evidentemente, esas funciones de las comunidades quedan instituidas de modo autónomo, dependiendo de la situación. Las mujeres, especialmente las acaudaladas, que ofrecían sus casas para las reuniones y la veneración, a menudo desempeñaban allí el papel principal. En Hechos de los Apóstoles se hace mención a las profetisas, y Pablo incluso habla de mujeres apóstoles: «Junia, destacada entre los apóstoles» (Romanos 16,7). En ediciones posteriores del texto, Junia se convierte en «Junias», ¡un hombre!
En su primera carta a la comunidad de Corinto, Pablo considera normal que la eucaristía se celebre allí sin él y sin presencia de nadie designado para un ministerio, aunque al mismo tiempo se da por descontado que debe observarse cierto orden. De acuerdo con el orden de la primera comunidad, la Didakhe («la enseñanza» de los apóstoles, alrededor del 100 d.C), sobre todos los profetas y doctores celebra la eucaristía y solo después de ellos se eligen obispos y diáconos. La comunidad de Antioquía estaba claramente liderada no por episkopoi (obispos) y presbíteros, sino por profetas y doctores. También en Roma, en el tiempo en que Pablo escribió su Epístola a los Romanos, todavía no había evidencias de una orden de episkopoi para las comunidades. Esto hace que la pregunta de cómo se formó una jerarquía cobre mayor interés.
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