Si somos hijos de Dios y Dios es amor, vivir como hijos será necesariamente vivir en el amor. La vida cristiana no tiene otro sentido ni finalidad que el amor.
Pero vivimos en un mundo en el que el amor está siempre amenazado; más aún, parece muchas veces imposible. El corazón de las personas está dominado por el egoísmo, las relaciones sociales se basan en la competencia y en la ley del más fuerte, las personas a las que amamos nos responden muchas veces con la ingratitud o van desapareciendo una tras otra, dejando en nosotros un tremendo vacío. ¿No será el amor una utopía irrealizable o una pasión inútil?
Si queremos vivir el amor en estas circunstancias, nuestro amor necesitará tener estas dos condiciones: una convicción firme de que el amor es más fuerte que el egoísmo y la muerte, y una confianza ilimitada en la victoria final del amor. Por eso San Pablo desglosa la actitud cristiana fundamental en tres virtudes: «Éstas son las tres cosas que quedan: fe, esperanza, amor; y de ellas la más valiosa es el amor» (1 Cor 13,13). Son las tres virtudes que llamamos «teologales» porque tienen como origen, motivo y objeto a Dios, las que nos permiten comportarnos como hijos de Dios.
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| Fe, esperanza y Caridad |
En realidad, las tres forman la actitud única que es capaz de adoptar el cristiano por su participación en la vida divina; aunque cada una acentúe un aspecto especial. El amor es la plenitud de la vida divina a la que hemos sido llamados a participar. La fe es la puerta por la que entramos al amor, la confianza en su poder y los ojos que nos permiten reconocerlo. Y la esperanza es la seguridad de que el amor no falla nunca y que acabará triunfando.
Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.
Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.
Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.
No se te ocurra ir de chulo ante Dios. A esos que se creen los buenos, que dicen que no tienen ningún pecado, que creen que tienen muchos derechos ante Dios, él no los escucha. Recuerda:
«Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias». En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18,9-14).
Lo mejor, pues, es que te presentes ante el Padre como el hijo pródigo: «No soy digno de llamarme hijo tuyo» (Lc 15,19). Y para que esta actitud sea sincera, podías hoy dialogar con él respondiendo a esta pregunta. ¿Por qué no soy digno de llamarme hijo tuyo? Recuerda, recuerda lo que él te ha dado y cómo le respondes tú.
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