Quizás hemos visto alguna representación moderna de teatro en la que los actores, de repente, saltan al patio de butacas, toman de la mano a algún espectador y lo suben al escenario. Quien cómodamente estaba sentado viendo un espectáculo pasa a convertirse en actor.

Cambio de escenario
La vida la podemos afrontar desde dos posturas. Podemos ser espectadores que pasan contemplando lo que sucede delante de nosotros. O podemos ser actores que intervienen y se implican en lo que nos rodea. Ser espectadores es más cómodo, pero impide que se desarrollen nuestros dones y capacidades. Dios quiere que alcancemos la plenitud de nuestra humanidad y por eso su palabra siempre nos llama a implicarnos y a complicarnos en lo que sucede cerca de nosotros.
El encuentro de Jesús con Zaqueo nos presenta a alguien que era un espectador y al que la palabra de Jesús lo convierte en actor. Zaqueo, movido por la curiosidad se había acercado a ver a Jesús, de quien tanto se hablaba en la comarca. Incluso en encaramó a un árbol para poder ver mejor. Jesús, al pasar junto a él, le dirige la palabra. Y le expresa su voluntad de visitar su casa. De este modo el que tranquilamente era un espectador, pasa a integrarse al grupo de Jesús y se convierte en actor.
Todos a veces vamos de mirones por la vida. A distancia contemplamos lo que nos rodea y evitamos implicarnos en los problemas y las dificultades que tienen otras personas. Pero la palabra de Dios nos pone en mitad del escenario.
Podemos preguntarnos ¿pero que tiene la palabra de Dios para provocar estos cambios? La respuesta la encontramos también en el texto del encuentro de Jesús con Zaqueo. La palabra de Dios es portadora de una confianza que es la mejor fuerza para empujar el cambio en nuestra vida.
Zaqueo no era apreciado en su pueblo. Más bien suscitaba rechazo. Su condición de recaudador de impuestos le había hecho una persona antipática ante sus vecinos. Jesús, al invitarse a su casa, rompe esa mirada que se había proyectado sobre Zaqueo. Al decirle que va a entrar en su casa le está indicando que ya no es el excluido ni el rechazado del pueblo. Las palabras de Jesús acogen su persona. Y esa acogida provoca el cambio en su vida.
Todos sabemos que comenzamos a intentar ser mejores, cuando percibimos la confianza de los demás. Jesús nos trae la confianza de Dios. Apoyados en ella podemos hacer que nuestra vida sea mejor.

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