Introduzco tres distinciones relativas a la experiencia que nosotros tenemos del tiempo: basta leer «en busca del tiempo perdido» de Marcel Proust para ver como la experiencia temporal está llena de matices.
Una es aquella que yo llamo el sentimiento del tiempo: el sentimiento del tiempo no tiene características cronológicas, sino que pertenece a la dimensión emotiva del hombre.
1) Yo espero a una persona que no veo desde hace tiempo y no veo la hora de poder verla de nuevo; pero en cuanto el tiempo sea breve me parece eterno.
2) Estoy con una persona que me es antipática y no veo la hora de que se vaya: también en este caso el tiempo que es breve me parece eterno.
3) Estoy con una persona que amo, pasan las horas y parece que ha pasado un instante.
En este caso la experiencia del tiempo se convierte en vivido, el tiempo lo sientes más o menos largo en función de que te facilita la relación: la medida del tiempo está en el estado del alma.
Desde mucho tiempo atrás ha habido necesidad de medir el tiempo entre sujetos: si dos personas quieren encontrarse deben tener el lugar y el tiempo. La primera forma objetiva ha sido el cielo, porque el modo de ver el cielo era el único modo uniforma para todos: establecer la hora quería decir orientarse en la posición del sol y esto valía para todos aquellos que vivían bajo el sol. A partir de allí se va desarrollando una dimensión del tiempo que después parece aquella dominante: el tiempo como ritmo, medida desde el sol a los nano-segundos en función de aquello que se quiere medir; la distancia, el tiempo que se emplea, llamado el tiempo de la medida. Este tiempo es un tiempo reversible porque nosotros, cuando hacemos historia, contamos los años hacia atrás o hacia adelante: por ejemplo 3000 a.C. o 1500 después de Cristo.
El tiempo como medida, numérico, es igual porque los años, así como los segundos, etc., son iguales al pasado y son iguales al futuro. La medida es por lo tanto reversible: nosotros medimos la historia con la misma medida con la cual medimos el presente e imaginamos el futuro. Por lo tanto el tiempo de la medida es un tiempo sin calidad.
Pero si nosotros medimos el tiempo de una vida, 20 años, 30 años, 40 años, etc., sin imaginar mucho, sabemos que «20 años» quieren decir cara fresca, cuerpo ágil; «80 años» rápidamente pensamos en cabellos blancos, dolores de articulación, dificultad para caminar… Se debe entender que cuando decimos «20 años», «40 años», no explicamos una medida, sino un proceso de irreversibilidad. Aquí el tiempo toma un carácter cualificado.
Para nosotros los cristianos cada momento es tiempo de salvación o tiempo de condenación. En el juicio vendrá aquel momento en el que Cristo te pedirá cuenta de cada momento de tu vida. Aquí el elemento singular: yo me condeno, yo me salvo.
Vivir el tiempo en este modo quiere decir vivirlo dentro de una figura. La figura es la religión. Los griegos no vivían el tiempo dentro de la figura de la salvación o de la condenación. Pero en el cristianismo hay algo de más: este tiempo terminará. Como se recita en el Credo; pensemos en los grandes músicos que han musicalizado las misas: passus et sepultus est, notas graves, y después las orquestas explosionan: et resurrexit tertia die. Y después el gran final: et expecto resurrectionem mortuorum, «espero la resurrección de los muertos». He aquí: según nosotros los cristianos, el tiempo de la historia es un tiempo que terminará, porque todos entraremos en el tiempo de la eternidad, en el otro tiempo que será discontinuo a este porque no estará señalado por el dolor o la muerte.
Esta es la figura del tiempo, el sentimiento del tiempo que a través de los siglos los cristianos han vivido y han acompañado a sus muertos, en la certeza, también dolorosa, que no estarán muertos para siempre, que habrá un tiempo en el cual todos, en la communio sanctorum, se encontrarán juntos. Un sentimiento privado dentro de una figura que no es privada, sino que era el horizonte de persuasión y de comprensión de la vida entera.
Esta es la figura del tiempo: nuestras vidas inscritas en un gran fresco que es el sentido del mundo. Los griegos no tenían este sentido, porque para ellos el tiempo del mundo no era un tiempo que se hubiera cerrado. El mundo envejece, decía San Agustín: He aquí el Escatón, y se entra en otro tiempo que es aquel de las bienaventuranzas. Para los griegos el tiempo era cíclico, no existía un final del tiempo, sino un tiempo sin fin en el cual todo regresa al mismo modo.



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