¡SÓLO! desde mi silencio, desde mi profundidad de vida y desde mi interioridad “cultivada y cuidada” brotará mi capacidad de dialogar con Dios, de pensar, de reflexionar y de poder ponerme en comunicación con la otra persona…, para escucharla, para conocerla, para poderla “acompañar espiritualmente”, para dejar un espacio abierto a Dios y que sea Él, el que pueda seguir regalando a la gente esas amistades que construyen personas, dignifican la vida de todo el que lo necesita y abre caminos nuevos y bonitos a quienes no tenían horizontes para seguir caminando por la vida.

Por eso la palabra con sentido, con “garra”, la que dice algo en el interior de la persona que la escucha, nos llega siempre desde el silencio.

Las personas por naturaleza, somos transcendentes y el olvido de Dios desnaturaliza al hombre inmerso en una sociedad, la del siglo XXI, que ofrece llenar las apetencias del cuerpo, mientras deja totalmente olvidadas las infinitas hambres del espíritu y es el silencio, el que nos abre a las llamadas de Dios, que conllevan las llamadas de tantos hermanos nuestros que esperan de nosotros nuestra atención, nuestra escucha serena y nuestras repuestas a sus necesidades materiales y espirituales.

Y para saber dar respuesta a las necesidades materiales y espirituales de todas y cada una de las personas de nuestra sociedad “ruidosa”, tenemos qiue saber apagar ese micrófono incorporado con el que vivimos y que estorba día y noche nuestro silencio, con tantas voces vacías que llenan nuestro interior inutilmente, sin olvidarnos que nuestra vida interior no la podemos dejar al margen de nuestra vida diaria, de nuestro día a día, de nuestro trabajo y de nuestro descanso.

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