Cuando las situaciones “fuertes” nos visitan quedamos desconcertados. Me refiero a aquellos momentos que marcan nuestra existencia, sean buenas o malas experiencias, nos dejan atónitos al menos por un minúsculo lapso de tiempo. Creo que más de uno que lea este artículo se verá identificado porque al menos por una sola vez en su vida le ha sucedido lo siguiente: Enamorarse, despedirse de alguien que no lo verás por mucho tiempo, ver el sufrimiento del inocente, habitar cerca de alguien que siente soledad, dolor y es oprimido, ver o aguantar la injusticia por los mismos administradores de justicia, presenciar la muerte de un ser querido, dar el último adiós de un familiar en un cementerio, etc. Son eventos que nos dejan sin palabras o al menos nos sacan de nuestro ruidoso y quejumbroso comportamiento para invitarnos a hacer silencio.
Ayer, alguien a quien estimo tanto, por el hilo telefónico, me comentaba que acababa de suceder en su ciudad un terrible accidente automovilístico y uno de sus familiares había perdido la vida. Con este post le hago llegar mis más sentidas condolencias. Y me uno a tu dolor y recuerda que las personas que han pasado junto a nosotros y ahora han partido a la eternidad están vivas y esperan que un día contemplemos la misma gloria todos juntos. Recuerda que esta persona a quien tanto estimabas vivía en Dios, transmitía a Dios y ahora está en el regazo celestial. Ella ya ha resucitado en la eternidad.

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