Cuando las situaciones “fuertes” nos visitan quedamos desconcertados. Me refiero a aquellos momentos que marcan nuestra existencia, sean buenas o malas experiencias, nos dejan atónitos al menos por un minúsculo lapso de tiempo. Creo que más de uno que lea este artículo se verá identificado porque al menos por una sola vez en su vida le ha sucedido lo siguiente: Enamorarse, despedirse de alguien que no lo verás por mucho tiempo, ver el sufrimiento del inocente, habitar cerca de alguien que siente soledad, dolor y es oprimido, ver o aguantar la injusticia por los mismos administradores de justicia, presenciar la muerte de un ser querido, dar el último adiós de un familiar en un cementerio, etc. Son eventos que nos dejan sin palabras o al menos nos sacan de nuestro ruidoso y quejumbroso comportamiento para invitarnos a hacer silencio.

Ayer, alguien a quien estimo tanto, por el hilo telefónico, me comentaba que acababa de suceder en su ciudad un terrible accidente automovilístico y uno de sus familiares había perdido la vida. Con este post le hago llegar mis más sentidas condolencias. Y me uno a tu dolor y recuerda que las personas que han pasado junto a nosotros y ahora han partido a la eternidad están vivas y esperan que un día contemplemos la misma gloria todos juntos. Recuerda que esta persona a quien tanto estimabas vivía en Dios, transmitía a Dios y ahora está en el regazo celestial. Ella ya ha resucitado en la eternidad.

Las situaciones a las que me refiero en un inicio, son las que nos dejan anonadados y es obvio que sea así. Delante de estas experiencias el pensador por tan pensador que sea, el religioso por tan religioso que sea le sugeriría que ni siquiera intente dar una respuesta en el momento. Creo Yo que lo más humano y compasivo en esos momentos es el «saber escuchar», el acercarse a los deudos y hacerle sentir que no están solos, un abrazo, un “gesto”, etc.

Me viene a la memoria una experiencia de niñez, cuando falleció uno de mis familiares cercanos y Yo apenas podía comprender lo que estaba sucediendo con la asistencia masiva de gente a una casa para llorarle a alguien -pues no me enteraba que estaba muerto o no sabía lo que significaba-. Pronto me enteré por boca de un aparente iluminado. De un momento a otro prorrumpió con voz potente que se mezclaba con el llanto de varias mujeres un iluminado Pastor protestante con éstas palabras: «No lloren, porque está vivo. Solo duerme. Él ahora vive una vida mejor. Debemos de alegrarnos por él que se va…» y continuó su discurso. Han transcurrido varios años y de mi cabeza aún no se han quitado esas frases. Pues decir que no lloren en ese contexto es una ignorancia mayúscula de quien lo dice, pues hasta Cristo lloró por su amigo Lázaro.

Decir que el difunto ahora vive una vida mejor, creo que es una concepción demasiado dualista; es decir que nuestra existencia en este mundo es tan miserable que no vale la pena vivir -según mi parecer, esta vida a pesar de la dureza con que venga es tan valiosa que no podemos desdeñarla, sino vivirla como si fuera nuestro último día-.

El cristiano ante situaciones como éstas debe demostrar su COMPASIÓN y no su racionalismo dogmático. Es verdad que debemos vivir convencidos que nuestra vida no termina en un cementerio, sino que es un cambio de estado de vida. Todos estamos desde ahora en la eternidad, nuestro paso por este mundo es solo la manifestación espacio-temporal de nuestro ser, en un cuerpo. Pero, por eso mismo vale la pena vivir y bien.

Desde el momento que vemos la luz de este mundo comenzamos a contar los años acumulados y al mismo tiempo comienza nuestra cuenta regresiva de nuestro cambio de estado de vida –nuestra muerte-.

Particularmente creo que esta vida no es un valle de lágrimas como muchos lo predican. La finalidad de vivir, aquí y ahora, es pregustar la eternidad y no de quedarnos sentados esperando que llegue la muerte, eso es un suicidio diario.

Que nuestra vida no se nos vaya de las manos sin haber hecho aquello que más queremos o mejor, «amando aquello que hemos hecho». La vida sigue tan tierna, tan joven, tan ilusionada, tan renovada. Solo nos queda saberla vivir junto a los demás dejando vivir y haciendo vivir –recibiendo y dando vida-.

Si mi paso por este mundo se eclipsara ahora, creo que no tengo de qué arrepentirme. Pero sí de haber-te conocido y saber que existes en ese lugar privilegiado que el universo te sostiene.  

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