Hola amigos lectores, nuevamente vuelvo a escribir en este espacio de compartir. Y aunque digan que son solo palabras les quiero plantear lo que pienso sobre ese motor que nos mueve a hacer todo: LA FE. Todos tenemos FE, solo nos toca saber dirigir de la manera más profunda posible. Antes de ello, no continúes sin antes haber escuchado este audio:

Sabemos bien que la fe es una actitud humana y, por lo tanto, es -al menos en parte- perfectamente asequible y descriptible. Puede ser, sin embargo, una actividad mental previa al lenguaje lo que no es fácil de precisar, dado que sin lenguaje probablemente no se puede pensar. La capacidad lingüística caracteriza a los humanos muy específicamente, al igual que la capacidad de razonamiento, pero eso no quiere decir que todas las actividades mentales humanas requieran explícitamente lenguajes y razonamientos. Hay estados mentales intuitivos con contenidos lingüísticos o razonadores mínimos. La fe, en sus estados centrales, puede ser previa al lenguaje, y el origen ontogenético de la fe puede radicar en arquetipos emocionales previos a la adquisición del lenguaje formal. Se puede creer, pues, con contenidos específicos muy reducidos, de la misma manera que pueden coexistir una gran credibilidad con una ausencia de fe seria.

Siendo así que la fe, igual que muchas experiencias importantes, moviliza dimensiones mentales humanas de tipo emocional, hay que buscar raíces importantes de la fe en las capacidades emocionales humanas. La fe implica primariamente una entrega general a la vida y a aquello que la expresa, y solo secundariamente se concreta en un conjunto de afirmaciones o formulaciones precisas y determinadas.

La fe, pues, corresponde en gran parte en gran parte a la biografía emocional. Las actitudes que en el itinerario vital de cada uno han acompañado la existencia van configurando la capacidad de entregarse a la vida y pronunciar un «sí» que en principio no necesita ni poder hablar. En este sentido, las situaciones embrionarias de la fe se configuran en medio de un conflicto emocional temprano en el cual situaciones de miedo, amenazas, ansiedad o catástrofe tienen que poder ser adecuadamente manejadas para lograr integrarlas positivamente en una dinámica en que la afirmación de la vida y la confianza básica puedan sobreponerse a las impresiones negativas mencionadas. Como las relaciones humanas maduras hacen siempre referencia a un , las estructuras emocionales básicas tienen que ir abriéndose a la alteridad, saliendo uno mismo, superando egocentrismo, para asomarse al mundo externo en el cual los elementos más significativos son los otros «yos«, dado que las cosas no son capaces de suscitar las personas. La fe me hace salir de mí y me sitúa en una cierta forma de seducción alteradora. Yo quedo modificado al salir fuera de mi ego, y ese verterme hacia fuera es lo que me abre a alteraciones creadoras, una de las cuales -la central- es la que llamamos amor. De aquí que la fe y el amor estén muy cercanos como experiencias mentales en las tradiciones religiosas serias. En cambio, en tradiciones de magia o de religiosidad degrada el punto central de la fe se encalla en cuestiones de tipo ritual, formulario, doctrinal, etc.

Confianza, esperanza, fe y amor son áreas con muchas intersecciones enriquecedoras. La fe acaba siendo así un sí a la realidad, con un trasfondo de confianza relacional que abre a la convicción de que la vida va más allá y tiene más profundidad que los datos observables por los estímulos limitados que activan nuestro cerebro. De esta convicción se deriva la capacidad de la persona que tiene fe de observar una cierta «fosforescencia» en la realidad. La realidad pide ser interpretada, y la fe interpreta en una perspectiva de agradecimiento y creatividad que le da un sentido y una dirección; sentido que no está en contradicción con los datos observables, pero que tampoco se limita a ellos.

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