Creo que las personas que lean este post estarán de acuerdo en que nos encontramos en una fase de cambio cultural inédita a escala mundial.

En esta oportunidad quisiera hablar sobre la religión, como religioso que soy quisiera acercarme a este tema de una manera seria ya que el fenómeno religioso es un hecho universal.

De qué hablamos cuando hablamos de Dios? Qué autoridad poseen los clérigos? Qué significado conservan las palabras? A qué imperativo neurológico responde la religión?… y tantas otras preguntas más.

Una de las primeras ideas que todos tenemos de manera común es DIOS. Sobre eso quisiera hablar ahora.

DIOS

Esta palabra pertenece al repertorio central de la humanidad, lo que no deja de ser curioso dado que designa una realidad que por definición es inobservable. Las grandes tradiciones espirituales o bien la eluden (es el caso, por ejemplo, de toda la tradición buddhista, aunque apunta hacia ella y la vivie en una praxis ritual equivalente sin nombrarla), o bien la declaran en general oculta, huidiza, evanescente, eta. Quien la intenta observar, manipular o concretar queda desautorizado, y solo círculos religiosos más bien dudosos o sectarios se atreven a mostrar signos concretos de ella. Hay importantes sectores de pensamiento que se consideran que no se puede afirmar nada de lo que la palabra representa.

Dios es objeto de ciertas afirmaciones de orden filosófico que compiten con desautorizaciones muy argumentadas de tal figura. Las reflexiones más fiables en todos los ámbitos culturales hablan con preocupación y discreción, como de algo tan central que resulta inalcanzable. A la idea de Dios nos referimos como continente y como contenido a la vez; como al todo de la existencia, pero que noe s ninguna pieza del mundo observable; como dinámica central del ser, pero que no está en competencia con las fuerzas que mueven los universos; como referencia central de las relaciones amorosas humanas, pero cuidadosamente diferenciada de las atracciones e inclinaciones más observables; como origen de todo lo que es, pero situado muy precisamente antes de cualquier inicio temporal del devenir del cosmos; como consumación de todo lo que existe, pero sin determinar ninguna ubicación temporal para su existir. La convicción de que existe ha puesto en marcha dinámica de la más alta calidad, pero también ha generado conductas y proyectos terroríficos. Casi todo el mundo habla de él sin referirse directamente a él con la intención de describirlo, sino para -de una forma indirecta- atribuirle beneficios, amenazas, maravillas, castigos, sorpresas, manifestaciones, normas, mensajes… Pero él, en concreto, Quién es o qué es? Carecemos de un recurso satisfactorio que nos permita definirlo o designarlo. Queda, pues, claro que la pieza fundamental de todo el edificio religioso, aquella pieza que en el lenguaje de la tradición neotestamentaria se denomina, con todo justificación, clave de bóveda, no es más que un vacío lleno, una palabra silenciosa, un consuelo ausente, algo que ya se ha obtenido y sigue siendo una simple promesa, una presencia invisible, una esencia central que no parece necesario, una incandescencia evanescente…, justamente aquello que Juan de la Cruz (hablo del místico) describía como el recuerdo de un personaje huidizo que se ha escondido y que, después de enamorarnos, nos ha dejado gimiendo:

A dónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
haciéndome herido;

Este misterio de unidad en la multiplicidad, del cual san Juan de la Cruz comenta que “cuanto más tenerlo quise, con tanto menos me hallé”, acaba a menudo en un vacío que el mismo san Juan describe como “nada, nada, nada”, en una de las más fascinantes y paradójicas orgías de profundización.

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