Comenzamos el tiempo de Cuaresma, un tiempo oportuno. Oportuno para poner en práctica las muchas prédicas que hemos escuchado en nuestra vida. En este tiempo se habla de ayuno y penitencia; palabras desgastadas por muchísimas interpretaciones espiritualistas o simplemente piadosas. Si Cristo estaría aquí nos gritaría como alguna vez lo hizo: «Misericordia quiero, y no sacrificio.» (Mat.9:13)
¿Ayuno de qué cosa? El ayuno no se tiene que limitar al simple hecho de dejar de comer o beber algo. El verdadero ayuno es aquél que nos lleva a tener una actitud más humana, aquél que nos lleva a disminuir el sufrimiento en el mundo. Ayuno es saber limitar nuestra lengua del hablar más de lo necesario, en el dejar de chismorrear la vida de los demás, en saber decir sí cuando es sí y no cuando es no. Este tipo de ayuno nos acercará más a nuestro prójimo y solo cuando estemos más cerca de nuestros semejantes estaremos haciendo la Voluntad de Dios. Pues “no es lo que ingresa por la boca que hace impuro al hombre sino lo que sale de ella”.

Otro de los pilares de la Cuaresma es la Penitencia. Una palabra que a mi ver también está muy desgastada por la mala interpretación de personas que promueven el sufrimiento corporal ya sea en la Iglesia católica como en las sectas que a menudo se escucha que sin penitencia no pueden vivir.

Dios no quiere que hagamos una penitencia rigurosa con nuestro cuerpo, pues no podemos ni debemos castigar al Templo del Espíritu Santo; al contrario deberíamos re-descubrir su gran valor en el plan de Salvación que Cristo nos ha traído al Encarnarse en nuestra condición humana. La verdadera penitencia a mi modo de ver es aprender a “vivir bien” –vivir bien como estilo de vida coherente-, en convivencia con nuestros semejantes; con aquellos que creen como nosotros y con aquellos que creen de manera diversa (este artículo lo escribo en un ambiente muy particular donde las tres religiones monoteístas conviven en la misma ciudad). El hacer un ambiente respirable y más humano es la primera condición para “vivir bien”
Aprender a convivir de manera sencilla y humana compartiendo lo más simple de cada día. Allanando caminos para que nuestro prójimo pueda llegar hasta nuestra casa, abriendo las puertas a todos –sospechosos y beatitos-, abriendo las ventanas para que respiremos nuevos vientos.
La verdadera penitencia es convivir con todos tratando de componer una música armoniosa cuyo fin principal sea la paz por medio de la caridad en un clima de justicia. La penitencia en nuestra vida tiene que encontrar un eco resonante en nuestra cotidianeidad, en cosas prácticas.
Que este tiempo sea “momento oportuno” para comprender que ya es tiempo que comencemos a construir ese Reino de Dios tan anhelado por el mismo Cristo. Un reino donde todos entren. Gente de Iglesia y gente que estuvo excluída, de personas que accedieron a una buena educación y de personas que tienen poca educación, de niños-jóvenes-adultos y ancianos, de hombres y mujeres, de fuertes y débiles, de pobres y de ricos; que sea un lugar donde todos podamos sentir que el Rey es Dios y que su reinado es el que esperamos desde siempre que sea implantado.
Que durante este tiempo podamos vivir este Ayuno y esta Penitencia con frutos dulces de una humanidad más humana y reconciliada.

«Prefiero que manifiesten amor 

y no que se limiten a cumplir sacrificios y deberes

para obedecer y guardar la ley. 

¡Prefiero verlos amar a alguien, 

y no que sean tan santurrones!»

Los bebedores, las prostitutas, los publicanos 
y los pecadores acudían a Jesús 
en busca de amor y misericordia, 
¡y Él los trataba con ternura y bondad, 
los perdonaba y les daba esperanzas, amor y aliento! 
No iban a ver a los religiosos severos, rígidos, santurrones, 
inflexibles, implacables, exigentes y acusadores, 
¡que les decían que si no eran perfectos irían al infierno!
¡Acudían a Jesús en busca de Su amor, 
misericordia, perdón, aliento y paciencia!
¡El amor tiende un velo sobre innumerables pecados! 
(1Pe.4:8) 
¡Pero algunos son tan mojigatos 
que piensan que nunca se equivocan! 
Si comprendes cuánta misericordia necesitas tú mismo, 
serás mucho más misericordioso con los demás. 

¡Por eso, sé misericordioso! 

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