Una de las tentaciones más fuertes que tienen algunas personas, o categoría de personas, es lo que yo llamaría “titulitis”, que en algunos casos puede llegar a ser “aguda”. Y que podríamos definirla como “el empleo excesivo de títulos, que recaen en la misma persona”.
Nada menos que seis de esos títulos se le aplicaban a un obispo en cierta ocasión, (que por cierto, el único que no se le daba era el de “obispo”). Con estos títulos se anunciaba una de las actuaciones del obispo X (prefiero no dar el nombre): “Excelentísimo”, “Eminencia”, “Monseñor”, “Don” X, “Cardenal”, “Arzobispo” de… Creo que sólo la Duquesa de Alba le podría superar en títulos.
Parecía un representante de Jesucristo con más títulos honoríficos que el Padre Santo. Me pregunto: ¿dónde queda la sencillez evangélica? Jesús era, simplemente, el “hijo del hombre”. ¡Vaya contraste!
La solapa de algunos libros, suele traer la biografía del autor, con todos los cargos que ha desempeñado, todos los hechos y milagros que a lo largo de su vida ha ido dejando por la vida. Y si hay títulos rimbombantes, todavía mejor. Parecería que todo eso debería dar valor e importancia al libro; cuando lo que importa de un libro es fundamentalmente lo que dice y no quién lo dice (aunque esto último arroje alguna luz).
Algunos regalos que se hacen, llevan tan rico y llamativo envoltorio, para dar importancia a lo envuelto, que después de abierto, puede surgir la decepción. Las cosas y las personas hay que valorarla por lo que son, no por lo que aparentan o por el envoltorio.
A pesar de las personas que todavía retienen los títulos como un trofeo bien adquirido, la tendencia, hoy día, es a despojar de los mismos. Se ve muy claramente (a veces un poco descaradamente) en la gente más joven que apean espontáneamente el “Don” y el “Usted” a todo el mundo, aunque se trate de personas con gran diferencia de edad o de categoría social. Un caso que, a primera vista llama la atención (y no digo que esté mal, sino que llama la atención) es el del personal sanitario (médicos, enfermeras, etc…) que desde el primer momento tutean al lucero del alba (aunque la enfermera sea una “chiquilla” y el paciente una persona muy mayor.
Con todo eso, es posible que se gane en confianza; y no tiene otra significación.
Pero cuando se trata de lo contrario de atribuirse o dejar que te atribuyan muchos títulos honoríficos, es ir contra corriente. Me recuerda a los pavos reales que cuando los miras o te acercas, extienden el abanico de su hermosa cola de colores.

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