Una conciencia en evolución

Como todos los seres humanos, Jesús creció no sólo en años sino también en conciencia, aprendió de la vida y de las realidades que le rodeaban. En la sinagoga de Nazaret dio un paso importante en la maduración de su conciencia, al aplicarse a sí mismo la frase de Isaías El Espíritu está sobre mí. Era una forma de reconocerse profeta, en la tradición de todos los profetas que le habían precedido. Como profeta, Jesús hablaba y actuaba, sintiéndose heredero de la tradición de Israel. Como profeta consolidó su liderazgo en el movimiento que se fue organizando en torno a él.

Después de su muerte y de dar testimonio de su resurrección, la iglesia primitiva acumuló sobre Jesús títulos para describir su misión: “Señor”, “Hijo de Dios”, “Cristo”. La historia que recogen los evangelios deja ver, sin embargo, que el título con que fue aclamado unánimemente por el pueblo y por sus discípulos fue el de profeta.

El profeta se define en oposición a la institución. A Jesús no debemos considerarlo como un teólogo o un maestro religioso más radical que otros, aunque dentro de la institución. No podía serlo. Le faltaba lo que hacía a los maestros de su tiempo: los estudios teológicos. La formación de los maestros era rigurosa, duraba muchos años, comenzaba desde la infancia. Cuando a Jesús le llamaron “rabí” (maestro), le estaban aplicando un tratamiento que en su tiempo era habitual como expresión de respeto y que no debe traducirse como maestro en sentido de teólogo. Más bien, a Jesús lo acusaron los maestros de la Ley por enseñar sin tener autorización.

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