Hace más de 2011 años a estas horas, un JUEVES, las cosas ya estaban muy mal para el Nazareno. Su estancia aquí en Jerusalén, con motivo de la cercana fiesta de la Pascua judía, facilitaba las cosas para sus adversarios. Judas estaba ya buscando la ocasión propicia para entregarlo, y los gerifaltes (la mayoría del Sanedrín) esperaban con impaciencia el momento de la entrega. Estaba cerca “el poder de las tinieblas”, para que la sangre del que estaba “revolucionando al pueblos” cayese sobre todos ellos y sobre sus hijos”. Porque “convenía que alguien muriese por el pueblo”. Judas, el traidor, estaba decidido, despechado y desilusionado a causa de Aquel Mesías que se negaba a luchar contra los romanos y constituirse en el nuevo Israel.


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