Hace más de 2011 años a estas horas, un JUEVES, las cosas ya estaban muy mal para el Nazareno. Su estancia aquí en Jerusalén, con motivo de la cercana fiesta de la Pascua judía, facilitaba las cosas para sus adversarios. Judas estaba ya buscando la ocasión propicia para entregarlo, y los gerifaltes (la mayoría del Sanedrín) esperaban con impaciencia el momento de la entrega. Estaba cerca “el poder de las tinieblas”, para que la sangre del que estaba “revolucionando al pueblos” cayese sobre todos ellos y sobre sus hijos”. Porque “convenía que alguien muriese por el pueblo”. Judas, el traidor, estaba decidido, despechado y desilusionado a causa de Aquel Mesías que se negaba a luchar contra los romanos y constituirse en el nuevo Israel.

Durante la Cena, Jesús le dirá a judas: «lo que tienes que hacer, hazlo pronto”. ¡Terrible profecía! Y salió antes de concluir la Cena Pascual.

Aquella Cena de despedida estaba cuajada de sorpresas, de promesas y de malos augurios. Jesús tenía que aprovechar para dejar su “testamento” a su Comunidad: el Mandamiento Nuevo, el Lavatorio de los pies, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, por una parte; y por otra parte, como contrapunto. El descubrimiento del que le iba a entregar, el anuncio de la triple negación de Pedro, y el dolor del adiós.

La fiesta del Jueves Santo tiene un tinte agridulce. Hay mucho que celebrar y mucho que lamentar. Para las generaciones de seguidores de Jesús, hasta nuestros días, el recuerdo del Jueves Santo ha conllevado ese doble sabor. Reproducimos simbólicamente el lavatorio de los pies, pero nos resistimos a acercarnos a los necesitados para poner en práctica el mandato del servicio. Celebramos la Eucaristía y compartimos el pan del cielo (del que está en el cielo), pero no compartimos con la misma facilidad y generosidad “el pan de cada día” (ese pan que pedimos que nos sea dado). Sabemos de memoria el “mandamiento del amor al prójimo”, pero nos cuesta hacerlo verdad en nuestras vidas. Construimos y adornamos profusamente un “monumento” para Jesús-Eucaristía, pero muchos otros “cristos” carecen de techo donde cobijarse en las frías noches de invierno.

Por eso, el Jueves Santo debe ser un día, no solo de emociones fuertes y gratificantes, sino, también, de reflexión y examen de cómo somos seguidores de Jesús. No deberíamos celebrar lo que no practicamos, para que esa celebración no sea una mentira, una farsa, un pasatiempo engañoso.


En esta hora de la confidencia,Jueves Santo de mantillas, florido como la primavera, reluciente como el sol; aunque allá en lontananza, en el horizonte no muy lejano, se abigarran los nubarrones de tonos morados, como los lirios que adornan los pasos de los Cristos muertos, en los pasos procesionales de las estaciones de penitencia. Jueves Santo festivo, con el Viernes de la crucifixión de fondo, a punto de salir a escena.

cuando Judas se hunde en su amargura

y Pedro negará en un corto trecho

cuanto aprendió a tu lado de dulzura,

déjame que ahonde en la experiencia

de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.

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