En estos últimos meses se intenta hablar de Justicia, de Paz, de Diálogo en el campo político-social y es que no solo es un tema, sino el proyeto de vida de todo cristiano. Es imposible luchar por la justicia, denunciar a los injustos, buscar la equidad ―todo esto es esencial en el proyecto de Jesús― sin tener enemigos. El proyecto de Jesús es un proyecto de paz y de amor, pero en la concreta, si la justicia es la base de la paz, luchar por la paz provocará resistencias y rechazos entre quienes no viven justamente.
La historia demuestra la complejidad de llevar adelante el proyecto de Jesús, sus riesgos, el alto precio que hay que pagar a veces por hacerlo realidad. Hay que tomar muy en serio uno de los cargos que se le imputaron a Jesús en el proceso judicial que precedió a su condena de muerte: Siembra discordia entre las familias y solivianta al pueblo desde Galilea hasta Jerusalén. (Lucas 23,5). Es decir, se ganó enemigos, provocó enemistades, creó conflictos, atentó contra el orden establecido.
Muchas de las actitudes de Jesús, muchos de sus mensajes, encajan en lo que modernamente conocemos como la ideología de la no violencia activa: una propuesta para enfrentar sin violencia, pero enfrentándolos realmente, los complejos conflictos de nuestro mundo y de nuestro entorno para lograr una transformación social. Esta ideología rechaza que la violencia sea intrínseca a los seres humanos y apuesta a la capacidad humana de cooperar. Y se dedica a invertir esfuerzos en educar a las personas para desarrollar hábitos de diálogo, de negociación, de cooperación.
La actitud no violenta no es pasividad ni resignación, es una permanente actitud de reflexión que lleva a la acción para enfrentarse a los desequilibrios de poder que generan conflicto con otros métodos, confiando en que así los resultados serán más eficaces y duraderos.
Desde la ideología de la no violencia se construye “otra” percepción del enemigo. Se aprende a distinguir entre la persona y el personaje que representa esa persona en el conflicto. Amar al enemigo es respetar su dignidad, sin dejar de combatir sus ideas y sus actuaciones. Amar al enemigo es reconocer sus derechos como persona, pero transgredir sus normas. Amar al enemigo es no usar sus mismos métodos, sino otros, que le permitan dejar de ser enemigo, cambiar, transformarse.
Entre los métodos no violentos están: la desobediencia civil, las huelgas, las huelgas de hambre, los boicots, las manifestaciones públicas, las marchas, las denuncias organizadas, las mil y una formas de no colaboración con quienes abusan del poder y se hacen enemigos de la justicia y la equidad. Uno de los métodos no violentos es la astucia de “poner la otra mejilla”, esperando el momento más oportuno para actuar. Entre las grandes figuras contemporáneas más emblemáticas de la práctica y la reflexión sobre la no violencia están Mahatma Gandhi en la India y Martin Luther King en Estados Unidos.
Jesús no fue crucificado por sus creencias y enseñanzas religiosas, sino por las potenciales consecuencias políticas de sus enseñanzas. No fue el pueblo judío quien crucificó a Jesús ni fue el pueblo romano. Fue el sistema imperial, un sistema que victimizaba a los judíos, victimizaba a los romanos y victimizaba al Espíritu de Dios. Era un sistema que victimizaba a todos los hombres que no tenían poder y, más aún a todas las mujeres. Jesús proclamaba el Reino de Dios, la Basileia de Dios (Basileia significa “reino” en griego). Esa misma palabra era la que se usaba para describir el Imperio Romano: la Basileia de Roma.
La “consigna” permanente de Jesús, “el Reino de Dios”, tenía un contenido religioso-político y también social. Decir que el Reino de Dios había llegado, proclamar que el Reino de Dios estaba cerca era una forma de decir “Otro mundo es posible”.

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