Yo no sé si habrá habido algún momento de la historia en que los hombres se hayan relacionado tanto como en la nuestra. Pero, si sé que la intensísima relación de nuestros días no ha servido, como debiera, para que los hombres aumentaran el respeto y la justicia, la cooperación y la paz.

Nunca tanta riqueza y nunca tanta pobreza; nunca tanto intercambio sociocultural y político y nunca tanta desconfianza y hostilidad; nunca tanta comunicación y nunca tantas barreras para una veraz información; nunca tanta declaración de igualdad y soberanía de las naciones y nunca tan descarada practica de invasión, dominación y guerra; nunca tanta proclamación de derechos humanos y nunca tanta conculcación de los mismos.

La conciencia de que las desigualdades e injusticias son intolerables, crece; la conciencia de que los privilegios y monopolios son intolerables, crece; la conciencia de que ninguna nación debe prosperar a base de explotar y dominar a otra, crece; la conciencia de que ningún ser humano debe ser explotado por otro, crece; la conciencia de que ninguna religión es única y superior y debe imponerse a las demas, crece; la conciencia de que todo sistema económico, que no sirva para remediar las necesidades humanas de todos es injusto, crece; la conciencia de que los pueblos están llamados para entenderse, colaborar y solucionar juntos las grandes causas de la humanidad, crece.

La humanidad rechaza la omnipresente y voraz mercantilización de la globalización neoliberal. Lo que no es bueno para todos, no puede serlo para uno o para una lista de grupos particulares. La humanidad es una y tiene vocación de justicia, de fraternidad, de libertad y de paz para todos.

Demasiadas veces en la historia nos hemos peleado a causa de nuestras diferencias. Nadie pretendía actuar desde el plano de la igualdad sino desde el de la superioridad y del dominio. Y por mantener esa superioridad hemos perdido hasta la vida y hecho de la tierra un lugar de dolor y conflicto permanente.

Hoy, la conciencia avanza imparable por los caminos que, hace 2011 anos, señaló Jesús de Nazaret: Dios no hay más que uno y la vida de cada hombre vale lo mismo. El valor de la vida está en sí, en cada persona, sin ceder a ninguna idolatría de patria, raza, religión, clase o género.

Jamás hechos, circunstancias o notas accidentales pueden rebajar lo esencial de la vida. Y lo esencial es que, frente a la realidad pequeña de la patria, del territorio, de la lengua, de la cultura, de la religión, de la política está la realidad grande, superior a todas las otras, de la persona. Mi patria universal es la dignidad de la persona. Mi lengua universal son los derechos humanos. Mi religión es la que me religa a todo ser humano, me lo hace otro yo y me hace tratarlo corno yo quiero que me traten a mí. Mi sangre y mi ADN universales me identifican con los anhelos de justicia, de libertad, de amar y de paz bullentes en los miembros de la especie humana. Mi ciudadanía es universal y planetaria, no disminuida en ninguna parte y brota de mi ser humano corno la de todos los demás.

Los credos particulares quedan relegados a un segundo lugar. Todos, por encima de una u otra religión, por encima de una u otra raza, por encima de una otra cultura, por encima de una u otra condición social, por encima de una u otra modalidad sexual, somos personas. Y, si personas, iguales. Y, si iguales, hermanos. Y, si hermanos, ciudadanos del mundo entero. Y, si ciudadanos del mundo entero, hijos de un Dios, Padre y Madre de todos.

Las razas san relativas. Las religiones san relativas. Las lenguas son relativas. Las patrias son relativas. Las culturas son relativas. Lo absoluto es al amar a toda persona, el no querer el mal para nadie, el no explotar a nadie, el no humillar a nadie, el no discriminar a nadie, el no engañar a nadie.

La fraternidad es la genética constitutiva de la humanidad, genética que hace imposible la injusticia, el odio, la indiferencia, el orgullo, la insolidaridad. Uno se hace prójimo de cualquier necesitado cuando tiene compasión de él. Y tiene compasión cuando ve en su cara la cara de un hermano. Y ver en otro la cara de un  hermano es ver a Dios: “Cuanto hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis.Y hacer eso es cumplir, ni mas ni menos, la de Dios.

Las falsas grandezas, las falsas apariencias, los mil huecos títulos han cedido a la verdad. Y la verdad es que, entre nosotros, no hay señores y esclavos, grandes y pequeños, mayores y menores, sino iguales, porque somos hermanos.

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