Al hablar sobre el pasaje del Evangelio de Juan 4, 7-18, nos presenta el relato de Jesús y la Mujer Samaritana, entre los cuales existía una secular enemistad y falta de entendimiento entre ellos (judíos y los samaritanos). La mujer samaritana le dice: «¿cómo tú siendo judío me pides agua a mí que soy de Samaría, cuando es bien sabido que ambos pueblos no se hablan”?
Y en el diálogo subsiguiente, aquella mujer expone alguna de las razones de ese mal entendimiento entre sus pueblos: “Vosotros, los judíos, decís que a Dios se le debe adorar en el Templo de Jerusalén, mientras que nosotros decimos que se debe hacer en el Monte Garicín”.
Jesús le responderá: «Mujer, ha llegado la hora de que a Dios se le adore en espíritu y en verdad” (ni en Jerusalén ni en Samaría).
¿Qué entiendo yo por eso de adorar a Dios en espíritu y en verdad?
Para Jesús no hay lugares sagrados ni tiempos ni personas sagradas sino que todo es sagrado porque todo está lleno de la Presencia del Señor. Y sobre todo desde la Encarnación. Por tanto, los templos y lugares de culto, tienen más bien un carácter práctico, para reunirse la comunidad.
Yo pienso que los templos (las iglesias) son casas de la Comunidad, más que casas de Dios. La casa de Dios es el Ser Humano y en cada uno de ellos se le puede y debe adorar. Eso sería adorar a Dios en espíritu y en verdad. Reducirlo a las paredes de un templo sería volver a Jerusalén o a Garicín. A Dios no se le puede enclaustrar, puesto que la naturaleza entera es su casa; y sobre todo, lo son los corazones de cada persona, porque él inhabita en ellos.
Y ese SER de Dios trino en los corazones aparece afirmada, entre otros, en los siguientes textos:
- Jn. 14,23: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”.
- Y San Pablo: Ef. 3,17: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones”.
- Igualmente leemos en el Apóstol San Juan: 1 Jn. 4,12-13, 15-16:” A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu…. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”.
San Pablo nos lanza una frase explosiva: “¿No saben ustedes que son templo de Dios y que Dios habita en ustedes?” ¿Cómo podemos vivir con apatía e indiferencia? No somos poca cosa.
Nunca lo debemos olvidar y no podremos vivir de una manera negativa porque nosotros somos ese templo de Dios.

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