“Llegaron a Jerusalén, y Jesús fue al Templo. Comenzó a echar fuera a los que se dedicaban a vender y a comprar dentro del recinto mismo. Volcaba las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los vendedores de palomas, y no permitía a nadie transportar cosas por el Templo. Luego se puso a enseñar y les dijo: «¿No dice Dios en la Escritura: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? ¡Pero vosotros la habéis convertido en una guarida de ladrones!» Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley se enteraron de lo ocurrido y pensaron deshacerse de él”. (Mc 11, 15-18ª)

Hay momentos en que Jesús se irrita. Los textos lo reflejan de manera concluyente.  A la vista de la ira, indignación, irritación, o como se le quiera llamar a ese actitud del Maestro algunos autores medievales se preguntaban si demostrar ira era pecado. Y concluían, sabiamente, que puesto que Jesús la expresó claramente, y bien gráficamente, no sería pecado. Pues Él es “igual a nosotros en todo” menos en el pecado.

Hay, y ha habido, una tendencia constante en desconocer el estilo y las actitudes de Jesús en el Evangelio, convirtiéndolo en una especie de santón devoto, delicadillo, fino, y un tanto afeminado. Eso, y sus lindos cabellos rubios cayendo simétricamente a los lados de su bien perfilado rostro, y sus ojos azules, y su perilla milimétricamente rasurada. Y la manita en posición impecable de bendición en los “sagrado(s) Corazón(es) de Jesús” entronizados en las casas. Esa es una de las consecuencias de que el “pueblo de Dios” no lea la Biblia. Nada el AT, y muy poco el NT.

Pero Jesús no es así. Se enfada cuando con hambre busca higos en la higuera y no los encuentra (en el mismo evangelio, exactamente en Mc 11, 13-14); se exalta en el duro alegato contra los mandamases de su pueblo, en lo religiosos, en lo político y en lo económico; llama “hipócritas y sepulcros blanqueados” a fariseos, escribas y a la crema de los sacerdotes, el Papa de ellos, -el Sumo Sacerdote-, y sus cardenales de entonces; manda apartarse a Pedro, llamándolo “satanás”, poco después de haberlo encumbrado; responde airado cuando lo informan de que sus parientes, con su madre, lo están buscando –“¡y quien es mi madre y quienes mis hermanos”-; corrige a la mujer que lo piropea “¡viva la madre que te parió” –“mejor, viva los que escuchan mi Palabra y la ponen en práctica”.

Jesús es un rudo profeta de su tiempo, como eran los nada finos ni rebuscados profetas de entonces. Y le irrita muy especialmente el obsceno e impúdico trafiqueo con las cosas santas, y el engaño provocado en el pueblo con el comercio en el templo de Dios, convertido en “cueva de bandidos”.

Hay muchos santuarios, basílicas, lugares santos y de peregrinación convertidos en un descarado e inmundo tráfico de baratijas, a las que se les atribuye la vitola de santidad, o de recuerdos o souvenirs impregnados de la santidad que debe desprender, por lo visto, el lugar. Todo fiasco, superstición por fe, alboroto por devoción, moralina por Evangelio -Buena Noticia-, dinero por Gracia. ¿Y qué pretenden tantas Iglesias y parroquias, además de sacar dinero y ensuciar el templo, con tanta vela encendida, que hasta ya las hay que pueden activarse por Internet? ¿De verdad se puede intentar engañar a la gente con un pretendido resultado benéfico espiritual por la luz y el lento consumirse de la cera, que ya no es tal, sino un vil material plástico sintético contaminante?

Te advierto Señor Jesucristo que, cuando vuelvas nuevamente gran sorpresa te vas a llevar.  Tú dijiste  que cuando te conozcamos te adoraremos En Espíritu Y En Verdad (Juan 4:24), pero no es así. Todo se ha exteriorizado. Por eso pienso que ya no te sería suficiente un ingenuo e improvisado látigo de cuerda. Probablemente te considerarían otra vez, como entonces los jefazos del templo, un subversivo y mugriento alborotador, merecedor de la exclusión y de la muerte.

Deja un comentario