En primer lugar expreso el riesgo de que la devoción a los santos pueda llevar inherente, invertir los términos, si se desvirtúa su devoción. Hay muchas personas, sencillas y no tanto, para las que los santos, en especial algunos considerados más “milagreros”, son el objetivo principal de su devoción o religiosidad. Jesús, el Padre y el Espíritu Santo, quedan en un segundo o tercer lugar. Se reza a tal santo o tal otro, pidiéndole algún favor, ofreciéndole algún presente (flores, dinero en los lampadarios…). Parece que es más fácil convencer a los santos (o chantajearlos) que a Dios, el Santo de los santos. No está mal acudir a los santos, pero siempre en su lugar y en una escala de valores. Por eso digo que hay un riesgo de “desviación” en la religiosidad o devoción popular. Y, repito, que con esta apreciación no intento desvirtuar la influencia de los santos ni su poder vicario.
Otro aspecto al que quiero referirme es la oportunidad de algunas beatificaciones o canonizaciones. Y apelo al sentido común y a la eficacia de esas declaraciones. Santos son, según la apreciación del resto de los mortales, los que con su vida han dejado una impronta, una huella, en la estimación de los demás, por haber vivido de una manera ejemplar, y que puede ser una referencia para nuestro comportamiento. No se trataría de afirmar que esos “santos” están en el cielo. Seguro que otras muchas personas, también lo estarán.
Vale la pena y nos ayuda, el tener presente la vida ejemplarizante de esas personas, a las que llamamos santos. Pero supongo que para eso no harían falta ni un milagro para la beatificación, ni dos para la canonización. ¿Qué demuestran los milagros, y qué añaden a la ejemplaridad de esas vidas mientras estuvieron en este nuestro mundo, compartiendo las penas y las alegrías? Los milagros no nos ayudan a ser mejores a nosotros, ni aumentan la santidad de los santos. ¿Por qué la necesidad de milagros para reconocer que una persona ha vivido de modo admirable la voluntad de Dios, en su amor a Él y a los hermanos?
Una tercera reflexión es que no todos los llamados o reconocidos como santos tienen el mismo impacto en nosotros. Ni todos lo tienen igual en todas partes. Mientras que a muchos (la mayoría) ni los conocemos, ni nos interesan demasiado sus vidas, otros son más cercanos e influyentes. Por eso es bueno tener en cuenta, a la hora de declarar santo a una persona, ver la oportunidad de hacerlo por la influencia o no que puedan tener en nuestras vidas.
También podrían declarar santos a mujeres y hombres, que son conocidos solamente en territorios o poblaciones más reducidas, pero que no tienen por qué darlos una notoriedad universal. Personas que en esos lugares han sido ejemplo a seguir, sobre todo en la línea de la caridad, y la justicia. Para estos casos, no sería necesario que interviniese el Papa, bastaría que el Obispo del lugar, con un grupo de asesores y gente que conociese al futuro santo, lo proclamasen como modelo para nuestra vida de cada día. Yo conozco personas cuya vida y conducta ha sido alabada y admirada por su sencillez, trabajo, entrega, caridad, vivencia cristiana: padres y madres de familia, muchos de ellos. Y se les recuerda con verdadera devoción.
Entre los seglares hay verdaderos santos. El pueblo necesita su ejemplo. Acaso no haga falta canonizar a tantos religiosos, obispos y papas. Los pueblos necesitan más gentes del pueblo llano, porque la vida de la mayoría de la gente pertenece a esa escala.
Sé que estas propuestas son muy novedosas y a algunos les parecerá un disparate; pero corro serenamente ese riesgo. ¿Por qué no opinar, mientras no se haga daño a nadie, incluida la iglesia?
Muchos santos en la historia de la iglesia han sido reconocidos como tales por aclamación de los que los conocieron de cerca. ¿Se equivocó entonces la Iglesia? Si entonces pareció bueno y conveniente, ¿por qué hoy no?

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