No sé si a ustedes les pasa eso, pero en mi caso sucede lo que leerán a continuación. Que en los instantes de crisis, la vida aparece al descubierto en el mayor desamparo, hasta llegar a causarnos rubor. En ellos el hombre siente la vergüenza de estar desnudo y la necesidad terrible de cubrirse con lo que sea. Huida y afán de encontrar figura que hace precipitarnos en las equivocaciones más dolorosas. Lo que haría falta es simplemente un poco de valor para mirar despacio esa desnudez, para vigilar no ya el sueño, sino más hondamente, los hontanares mismos del sueño; ver cómo nos queda cuando ya no nos queda nada.
Hay temporadas en que las preocupaciones se cuelan incluso en el sueño y levantarse de la cama requiere hacer acopio diario de todos los recursos físicos y espirituales disponibles, porque la vida se pone muy cuesta arriba y no resulta fácil –al menos a mí– abordar cada jornada con la necesaria esperanza. Así están siendo mis últimas semanas. ¿Motivos? Creo que los tengo. O quizá sean solo desencadenantes de algo que clamaba por abrirse paso en mí y que no acababa de encontrar su camino. Resumiendo, que estoy en crisis, o sea, desnudo ante el espejo en que me miro.
La desnudez produce rubor, sí, y una intensa sensación de vulnerabilidad. Recuerdo que hace algunos años me contó mi hermana LAURA que iba de caminata con sus amigas de escuela por una carretera rural que atraviesa unos montes donde el ganado pastaba libremente. Se habían quitado la ropa y andaban en bañador, que para eso estaban en verano y casi en mitad de la nada. Al dar la vuelta a una curva, apareció en el camino un montón de vacas, sin pastor, que avanzaban hacia ellas… (mi hermana y sus amigas). Ella, que iba en falda corta, de pronto se vio “casi-desnuda” y se sintió completamente desprotegida y, sin pensarlo un instante, se echó encima una camiseta de algodón que llevaba en la mano. Sabía que si le embestía una vaca, la camiseta no le serviría de nada, pero llevarla puesta le daba seguridad y hasta valor. Lo cierto es que las vacas apenas les miraron… y mis abuelitos se estuvieron riendo de ella todo el día. (un ejemplo inventado)

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