Si en la vida las cosas vinieran de manera sencilla, nada de lo que hemos alcanzado tendría sentido. ¿Cuál sería el sabor de la gloria de lo que se consigue sin esfuerzo ni trabajo? ¿En qué categoría pondríamos nuestros logros personales y sueños que a todo el mundo parecen inalcanzables? ¿Dónde estaría hoy el espíritu de lucha y coraje que se forja en las más duras y oscuras noches de tormenta? Lo digo y lo repito, nada en esta vida que realmente valga la pena, se consigue sin algún tipo de esfuerzo.
Porque pueden cortarnos los pies, pero no el camino por donde hemos de andar, es que sabemos que no importa lo que se venga, debemos luchar por aquello que nadie más ha visto. Trabajar día y noche si es necesario, por esa «pequeña ilusión» que despertó en nuestro interior, y se ha convertido en el motor que impulsa y alimenta los sueños que hay en nuestro corazón. No quedándonos de brazos cruzados esperando que las cosas caigan del cielo, sino más bien construyendo nuestro destino con los obstáculos que nos encontramos en el camino.
Nadie dice que sea fácil, sin embargo, los problemas que enfrentamos en nuestra aventura, son detalles que la gloria eterna nunca aceptara como buena excusa para haber dejado de lado las metas que nos propusimos en la vida. Es duro caer, pero es peor no haberlo intentado. Como el niño que tropieza la primera vez que intenta caminar, no podemos darnos por vencidos por los raspones o las lágrimas que aparecen por primera vez en nuestra vida. Siempre debemos intentar alcanzar la gloria, aunque todo esté en contra, pues hemos sido diseñados para eso, para alcanzar las estrellas. Al final de cuentas, es un largo camino hasta la cima, y nunca llegaremos hasta ella, sino estamos dispuestos a dar el primer paso…
«Aunque nunca lleguemos a la cima, lo importante de la vida es nunca dejar de subir», porque el día en que dejemos de subir habremos perdido lo que correspondía para esa jornada y no lo recuperaremos nunca. Cada día tiene lo suyo.

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