Siempre me ha llamado la atención la historia del Rey David. El niño que cuidaba ovejas y escuchaba la voz de Dios. El joven que luchó contra los gigantes que atemorizaban su pueblo. El hombre que enfrentó a sus demonios internos, y sucumbió ante cada uno de ellos. Siempre me he preguntado ¿qué vio Dios en él? Tropezaba tan a menudo como conquistaba, caía tan pronto como se levantaba. Era capaz de despachar a sus enemigos con la mirada, pero al mismo tiempo comerse con los ojos a la mujer de su vecino.El rey furioso y llorón. Valiente y cobarde. Sanguinario y bondadoso. Guerrero y poeta. Ocho esposas, un solo Dios. ¿Por qué tan identificado con su historia? Quizás porque a través de nuestra vida manejamos la misma montaña rusa. En sus momentos buenos, nadie es mejor, pero en los malos, somos capaces de tocar el fondo de nuestro pozo interno. David. El hombre al que Dios amo y quebrantó la mayoría de los pecados capitales en una semana, mientras su corazón desfallecía con cada uno de ellos.

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